OPINIÓN

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Calles de mi memoria

 

       

    

  Federico García Lorca

 

 

Durante siglos los loreños la conocieron como calle de San Antonio por el convento franciscano de San Antonio de Padua situado intramuros junto a la llamada Puerta del Río, en los terrenos que hoy ocupan el colegio y la residencia de ancianos de las Hermanas Mercedarias. Y aunque a finales del XIX llevó el nombre de Balmes, en homenaje al sacerdote y filósofo catalán ( 1810-1848), y más tarde, tras la Guerra Civil, el del general Gonzalo Queipo de Llano ( 1875-1951) , siempre oí llamarla Calle de la Cárcel, que bajo el rótulo de “Prisión de Partido” estaba situada en su acera derecha  en dependencias que pertenecían al edificio del Ayuntamiento.  En los años de la transición política se rotuló con el nombre del gran poeta granadino Federico García Lorca ( 1898- 1936).

Era una calle de acusados contrastes, pues si de día participaba del trasiego de gente suscitado por la cercanía del ayuntamiento, el juzgado municipal, que estaba en “Las Arenas”, la notaría, correos  y la intensa actividad comercial de la actual Blas Infante, de noche se convertía en un espacio oscuro y solitario que los niños rara vez nos atrevíamos a surcar más allá  de la plaza  del Reloj. Me imponía pasar por delante de la cárcel, en cuyo zaguán se abría una  ventana  enrejada cubierta a su vez por unas puertas de madera que, al descorrerse, dejaban intuir en mi ardorosa fabulación infantil oscuras mazmorras y pobres presidiarios que no podían ver la luz del día. Nada o poco que ver con la realidad, pues en aquella prisión raramente había presos y casi siempre por muy poco tiempo, en  tránsito para ser juzgados en otros lugares. El carcelero, padre de mi amigo y compañero de estudios  Antonio García Granero, ya tristemente desaparecido,  estaba auxiliado por un ayudante simpático y servicial llamado Miguel que se ganó el afecto de todos los vecinos de la zona. A veces, cuando ingresaba en prisión algún loreño “de confianza”, no era raro verlo sentado en verano en la puerta de la cárcel  disfrutando tranquilamente del fresco de la noche junto a  sus guardianes antes de volver a su celda para dormir... Toda una paradoja que mi mente de niño no podía comprender pero que reflejaba el verdadero perfil de aquel modesto depósito municipal de pueblo que yo me empeñaba en revestir con los tintes dramáticos de las durísimas prisiones que entonces leía en los truculentos relatos de Dumas o de Salgari.

. Buena parte de la acera izquierda de la calle la ocupaba la vivienda de don Romualdo Cepeda, que yo frecuentaba mucho, pues  mi familia tenía con él  una estrecha amistad. Recuerdo que durante algunos años en la "casa de campo" aneja funcionó un cine de verano. Yo estaba también bastante familiarizado con la escuela de niñas situada en la actual casa número 6, donde luego vivió hasta su reciente fallecimiento mi querido amigo Antonio Trigo, una de las personas que más servicios ha prestado a Lora en los últimos tiempos, merecedora en justicia de un reconocimiento oficial. Conocí bien aquellas improvisadas escuelas a través de una de sus maestras, doña María del Real Gil, con la que también teníamos una relación casi familiar. Como nota curiosa, diré que allí vi por primera vez el reparto  del queso y la leche en polvo americanos que se ofrecían gratuitamente a los alumnos españoles tras la firma del tratado del gobierno de Franco con el del presidente Eisenhower a comienzos de los cincuenta. En años de penuria económica la ayuda americana convirtió de pronto los colegios de primaria en improvisados comedores que todos comentábamos como una gran novedad.

En los pasados siglos el enclave más relevante de aquella zona fue el ya citado convento franciscano de San Antonio de Padua que dio nombre a toda la calle en el uso popular y también a la vecina de San Francisco. Fundado en 1602 en una casa de la calle Santa María, los frailes no se instalaron en el nuevo edificio hasta 1609. Ya a mediados del XIX, según recoge P. Madoz en su famoso Diccionario (1845-50), estaba en estado ruinoso y sus dependencias "arrendadas para habitaciones". Sobre esas ruinas se levantaron en las primeras décadas del XX las Escuelas del Ave María del padre Manjón, en las que estudiaron o dieron clases mi padre y otros amigos suyos, entre ellos los maestros don Juan Argüelles y don Rafael Molina. Impulsadas por el sacerdote don Juan María Coca, que hizo una benemérita labor en favor de las clases más necesitadas de Lora y fue víctima de la Guerra Civil, en mi niñez estas escuelas estaban ya semiabandonadas y dedicadas a otros menesteres hasta que más tarde, por donación de su propietaria doña Higinia Fernández,  se hicieron cargo del inmueble las Hermanas Mercedarias. En la posguerra  hubo en el "Ave María",  que es como los loreños llamamos  coloquialmente este lugar, un comedor benéfico de Auxilio Social, y en las Navidades de los cincuenta se montó durante algunos años un bello nacimiento viviente que llamó mucho la atención. Organizado por la parroquia de la Asunción, las figuras evangélicas fueron representadas por jóvenes estudiantes, entre los que recuerdo  a Salud Ramos,  José Antonio Heras y  Esteban Díaz en los papeles más destacados.

Pero el más valioso monumento de la calle era y sigue siendo  la Casa de los Leones, así conocida popularmente por los dos que en su magnífica portada de piedra encuadran  el escudo de  armas de don Alonso Montalbo y Aguilar, alcalde de la villa y miembro de uno de las familias nobles más relevantes de Lora, quien la mandó construir en 1765. Una casa de grandes proporciones con un amplio apeadero, un hermoso patio y un airoso mirador. En mi niñez habitaba allí la familia Coronel Quintanilla y en la actualidad se encuentra  en proceso de restauración.   

                                                                                 

 Rogelio Reyes

 ( Miembro de ACAL)