OPINIÓN

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UNA GOTA DE TINTA

 

Nada

   

  

    En su despedida como actor, Alfredo Landa se las tuvo y deseó para convencer a la prensa y a parte de su público de que su adiós no era un hasta luego. El protagonista de El bosque animado no reculó en su mensaje en un homenaje que le brindó la Academia de Cine, a pocos días de que recibiera el Goya de honor a toda una carrera. “¿Que qué voy a hacer a partir de ahora?”, se preguntaba el actor navarro para concluir después de hacer una de sus características pausas, pero sin forzar en ningún momento el dramatismo: “Nada; no voy a hacer nada”. Landa podría haberse levantado sin más, pero tuvo a bien explicarse: lo que quería decir es que no se iba a meter nunca más (por desgracia) en la piel de otra persona, que no pensaba estudiar ningún otro guión, que descartaba ponerse a las órdenes de otro director, aunque no fuera José Luis Garci. Noté en el ambiente de la Academia de Cine –y la prueba fue que se le pidió reiteradas explicaciones – cierta incomprensión hacia la decisión personal de este septuagenario profesional, como si aquello se tratara de una espantada cobarde en lugar de una nueva muestra de su valía y de su forma de respetar su oficio.
     Vivimos en una sociedad acostumbrada a dar la espalda a la sabia experiencia de nuestros mayores, de forma que hacerse viejo es sinónimo de convertirse en un estorbo, en algo sobre lo que dirigir la sospecha indiscriminada. A esto se une el falso amor a regalarle horas extras a las empresas como prueba irrefutable del apego al trabajo. Por eso creo que la decisión de Alfredo Landa debería tomarse como un ejemplo: ha trabajado toda su vida y está satisfecho por ello, pero llegó el momento de parar, y todo a pesar de que algunos no perdonen el cansancio o el hartazgo o incluso el aburrimiento. Precisamente hace unas semanas escribía sobre esto Javier Marías: el aburrimiento se ha convertido en uno de los pecados más imperdonables, de ahí que los niños de hoy no puedan cejar en su distracción ni por unos minutos, pese a que el aburrimiento suele ser el mejor acicate para la imaginación.
     Estamos en agosto, el mes de las vacaciones por excelencia. No estaría mal asomarse al supuesto abismo del aburrimiento, del no hacer nada por placer, de pararse a descansar, en soledad o en compañía; y entonces coger un buen libro o ver una de esas películas de aquel actor pequeñito y algo gruñón.

 

 

Luís M Carrasco Navarro
www.luismcarrasco.blogspot.com