OPINIÓN

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LA PAJA Y EL GRANO

Un año que se va y otro que viene

     

    

    

    Para los aficionados a escribir, como yo, se nos presenta un pequeño problema, cada mes, para poder responder al compromiso contraído con LA RADIO de papel. Tenemos que optar por la selección de un tema o asunto. La elección es difícil, casi siempre, por los muchos acontecimientos que la vida despliega cada instante ante nuestros ojos. Si es final de año, estas posibilidades se multiplican porque ¡cuántas cosas pasan en 365 días!

    Sé que desde la perspectiva de elaborar resúmenes descriptivos o valorativos del año se van a escribir muchas  cosas en estos días; por lo que a mí respecta, esta tarea no la voy  a acometer. Estoy seguro que hay otras personas, como el amigo Diego Delgado, que, seguramente, lo van a hacer y mejor que yo.

    Así, pues, decido que voy a poner en palabras, todos aquellos sentimientos y pensamientos que, en torno al paso del  tiempo, me vayan fluyendo, espontáneamente, del alma en esta noche de sábado, propicia para la reflexión y la filosofía.

    Todos y todas los que hemos sobrepasado los 45   o  50, como en mi caso, compartimos un sentir común cada vez que llega un año nuevo y que reflejamos en expresiones como la siguiente. “¡¡ Hay que ver cómo pasan los años!!” “...Pero si hace nada estábamos celebrando las navidades pasadas, ¿cómo es posible que tengamos, de nuevo, la Nochebuena en puertas?”

    Y yo me pregunto ¿qué ocurre a estas edades nuestras que se nos pasa el tiempo tan rápidamente?. ¿Es un síntoma de la madurez? ¿Son las ganas de vivir que nos llevan a desear que no transcurra la vida de forma tan veloz?

    Recuerdo, con nostalgia, cómo los niños de mi época vivíamos, nerviosamente, en una espera continua que, por otra parte, era lo que le daba sentido a nuestras vidas en aquel pueblo rural  y rutinario que era la Lora de entonces. Una Lora, sombría,  de inviernos interminables y de lentas tardes de estío con música de chicharras. Esperábamos los Reyes, esperábamos la Feria, esperábamos la Romería, esperábamos, esperábamos, esperábamos… Y es así cómo a fuerza de calma y de pausado ritmo vital,  en aquellos días se despertaba en los jóvenes y adolescentes el deseo lejano de ser mayor, hacer la mili y, en definitiva, independizarse de sus padres.

    A mis alumnos de la ESO les he preguntado alguna vez si a ellos se les pasan las semanas tan rápidamente como a mí. Casi a coro, y con sorpresa para mí, me responden: “ Sí, maestro. Hace nada era viernes y ya está aquí otra vez el fin de semana.”

    ¿Qué ha cambiado? ¿Las personas? ¿Las circunstancias? Tal vez las dos cosas. Los avances científicos, tecnológicos… han generado unos cambios tan profundos, acelerados e imprevisibles, que han hecho posible que hoy nada sea igual que ayer. La mentalidad de los jóvenes actuales ha sufrido tal transformación que les ha llevado a instalarse en posiciones económicas, culturales, vitales e ideológicas radicalmente diferentes a las generaciones de los 60 y 70 y ello sin entrar a valorar si mejores o peores, simple  e indudablemente distintas.

    Pero retomemos el tema: el tiempo. Recuerdo  cómo nos parecía un acontecimiento lejano la Exposición del 92. Hablar del año 2000 suponía situarnos en un futuro distante del que intuíamos se iban a derivar grandes cambios. Pues bien, pasaron el 92, el legendario 2000 y esperamos, ahora, nada más y nada menos que al 2009. Sin embargo, sólo los cambios físicos, la aparición de algunas “goteras” y la evidencia de que nuestros propios hijos se hacen mayores, nos recolocan en la línea del tiempo real. ¿Acaso no sentimos que seguimos siendo los mismos a pesar de los años?

    Y es que, pienso, que nuestro ser profundo e íntimo permanece y está por encima de la edad y del tiempo. Creo que el transcurrir de los años no implica necesariamente desencanto, decepción o sabiduría. Aldous Huxley, el autor de “Un mundo feliz”, decía que la experiencia no es lo que vives o te ocurre, sino lo que aprendes a hacer con lo que te ha ocurrido o has vivido.

    El año  nuevo que se avecina nos sitúa, otra vez, ante un fenómeno que está por encima del tiempo y de todas las edades. Lo nuevo lleva a afrontar lo desconocido, vivir con incertidumbre lo que viene. Pienso que el futuro debe ser, como es, incierto; de lo contrario no existiría lo nuevo. La actitud más saludable y tal vez la eternamente joven es pensar que lo desconocido es sinónimo de creatividad y la creatividad es ilusión y, ambas, llenan de sentido la vida permanentemente.

    Os  animo a abrazar  el tiempo que nos llega   con la curiosidad fresca  de lo desconocido, con la incertidumbre vivificadora que es inherente al propio fluir de la vida, con el entusiasmo propio de quien da la bienvenida entusiasta a algo radicalmente nuevo: El año 2009

¡¡Qué venga cargado de dicha y prosperidad para todos y todas!!

¡Felices Pascuas y buen Año Nuevo!

Federico Luque Sabet